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sábado, 31 de marzo de 2012

Reseña de "Recóndita armonía", poemario de Carlos Morales Falcón

Recóndita armonía. Carlos Morales Falcón. Editorial Colmillo Blanco. Lima. 2011.
Alguna vez Withman dijo que: “para tener grandes poetas, debe haber, también, grandes públicos”. No osaré refutar al gran vate norteamericano; más bien suscribo, con las excepciones del caso, su oportuna sentencia. Aunque me inclinaría por un atrevido hipérbaton: “para tener grandes públicos, debe haber, también, grandes poetas”. En este sentido, sí, es innegable que, de un tiempo a esta parte, contemplamos la eclosión de un formidable número de grupos poéticos -colectivos, redes o comunidades afines- cuya presencia, actividad y empuje, impulsa y enriquece el quehacer lírico de esta década.
Y si cabe destacar a alguno, este debe ser Carlos Morales Falcón, quien acaba de publicar Recóndita armonía; bello y breve poemario de presentación minimalista, cálido tono, y largos versos donde la imagen del hijo, la casa y la naturaleza se complementan en un solo motivo estético.
En sus páginas nos parece percibir un cálido arrullo, un expresar sosegado donde cada palabra se tiñe de insuperable ternura; posee ese tono suave y pausado con que se manifiesta la madurez emocional. Sobre todo, cuando alude a la certidumbre de nuestra perpetuidad, a la prolongación nuestra en los hijos, a la gravedad de los actos que rodean el hecho de cubrir un cuerpo cuando duerme, el cuerpo inerme del hijo amado.
Ahora el sobresalto me circunda, / los temores que brotan de la noche. / Limpio su frente pequeña, su piel mineral / acallada.
Acaso no hay más trémula vulnerabilidad que un ser dormido; más aún cuando es alguien cuya indefensión nos angustia; cuando la paternidad significa un cambio radical de todos nuestros anteriores preceptos, y descubrimos con perplejidad –con perturbación- que es posible rozar el Absoluto.
Actos cotidianos, antes fútiles, (jugar con el niño, cargarlo, velar su sueño, arroparlo) se revisten, ahora, de un halo sagrado, de devoción, de entrega, de ilimitada trascendencia.
Y luego mientras extenuado miraba / disiparse las nubes en el atardecer dolorido, ganado por la congoja / jugabas alejado de mí con desarmadas maderas.
Si la narrativa es –como dicen- un juego de caras o máscaras, la poesía no es, en definitiva, un mero juego de sonidos y sensibilidades. En el poema, la voz rompe sus límites semánticos, traza nuevas realidades y, también, paradójicamente, le otorga nuevo color a ambientes conocidos. Morales parece entenderlo así y en su obra nos asoma a esas estancias privadas, a esos objetos diarios como son los espejos, las sillas de cuarto, lámparas, sábanas; espacios personales, atmósfera de crepuscular intimidad que lejos de apaciguarlo, lo llenan de azoro, de inquietante inseguridad.
Lejos de hacerse plano por el predominio de lo descriptivo, aquí, su prosa poética se expande y alcanza plena luminosidad.
Como dato revelador encontramos que el libro está editado por Colmillo Blanco, que es sabido, solo acepta productos de altísima calidad.
Richard Daniel Alejos Martín
UNFV
UCH
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domingo, 25 de marzo de 2012

Reseña del poemario "Guardián de acantilados" de Joe Montesinos Illesca

Guardián de acantilados. Joe Montesinos Illesca. Pájaros en los Cables Editores. Lima. 2010.
De antiguo sabemos que la metáfora funciona como el corazón en la difícil anatomía del verso, ya que le transmite -y renueva- vida, permanentemente, a una de las más antiguas artes, que es la poesía. Por ello, una obra que nos sorprenda por la abundancia de esta figura literaria, es siempre bienvenida y celebratoria; tal como ocurre en Guardián de acantilados, primer poemario de Joe Montesinos Illesca.
Así, en este libro podemos leer líneas como:
Mi corazón es un helicóptero sobre la hierba // Mi corazón es un asesino que pasea libremente con anteojos girasoles // Mi corazón es azul por las mañanas…/ es un garabato de sol en el agua
Y de igual modo, más adelante, encontramos contundentes imágenes:
Poesía es para aquellos/ que caminan reversos por la noche sobre el mar…// Poesía es el somnífero que me esculpe en pleno vuelo.
En cuanto al sentido totalizador de la obra, es preciso señalar dos recursos que destacan de inmediato: lo pictórico y lo musical. En el primero, se percibe el manejo cuidadoso del sustantivo y la dosificada adjetivación, que contribuye a crear ese particular universo cromático donde el amarillo, el verde y los tonos ocres se imponen como en el cuadro de Van Gogh que adorna la portada.
A propósito de esto, el subtítulo “Oleajes pictóricos” es, de entrada, una declaración de principios, un breve manifiesto estético que anticipa, ya, el audaz collage de criaturas y paisajes de irrealidad, enigma y difusos contornos fantásticos que pueblan este libro.
Y con respecto al segundo, también, en alguna oportunidad, se ha señalado la presencia de lo musical, no solo en la temática, sino también en el ritmo poético que permea la obra de Montesinos; en ese tono cuya cadencia surge de la sabia ordenación de las palabras; ese fluir que provoca leerlo en voz alta como se estilaba en los lejanos tiempos del helenismo.
¡Qué tal si te robo la virginidad / y me la guardo en el estómago!
Los poemas parecieran rebasar sus fronteras semánticas y adquirir una insólita, profunda e inédita significancia.
Asimismo, cabe subrayar, la preeminencia del yo poético en la enunciación, la presencia de esa voz que se exhibe sin rubores en toda su experimentación y voluntad de trascender el lenguaje.
Richard Daniel Alejos Martín
UNFV
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viernes, 23 de marzo de 2012

Reseña del poemario "Von" de Laura Rosales

Von. Laura Rosales. Lustra Editores. Lima. 2011.
(Reseña)
Perdóneseme las esdrújulas y el evitar la crítica oficiosa cuando me refiero a Von, hermoso libro de Laura Rosales, que es un pequeño hallazgo –valioso e inesperado- entre tanta publicación anodina que nos infesta, últimamente.
Pero no se puede evitar el deslumbramiento cuando leemos:
He perdido el alma / en una cometa de ceniza // Ser todo lo que inventa mi mano // Ella se despide del viento / ella es / una llama…

Tampoco eludir las demás imágenes que, de igual forma, se suscitan, incontenibles, como un torrente cuyo completo caudal de sentido debe buscarse en la estructura del libro; en el orden y la distribución intencional (en tres partes) de los poemas. Esta partición de la obra gira, a su vez, alrededor de tres elementos claramente identificables: Lo etéreo, lo corporal y la combinación ulterior de ambos. Al punto que los sendos títulos nos orientan en la comprensión de sus propios ejes significativos: Estancias del sueño para el primer capítulo; Jardín interior, para el segundo y Patio de espejos para el tercero.
Tu ombligo es el crisol de donde beben / todas las aves de la tierra, // Esta noche has herido mi cuerpo / con el abrir y cerrar de tus alas./
Pero no se crea que lo inasible se limita al lirismo fácil y descriptivo, o que lo corporal es una excusa para poetizar los avatares del cuerpo. No. Más que eso, existe una angustia, una atmósfera de paisajes desesperados, tumultuosas formas de comunicarse con ese universo melancólico de la infancia, de lo marino y sus preciosos elementos.
Lo etéreo se identifica con la niñez como lo material con una difusa madurez, la misma que no se logra asir, comprender o asimilar desde el presente.
Y, desde esta visión es inevitable evocar el surrealismo y su descreimiento, y también fe, en el lenguaje.
Dibujo en el espejo / el rostro de la niña de ayer / como un inmenso sol pronunciando / la soledad de los ríos.
Por otro lado, es evidente que Laura es deudora de múltiples fuentes poéticas y culturales como se puede observar en las variadísimas alusiones y no tan sutiles juegos intertextuales, muy notorios en la primera parte del libro.
Celebramos y alentamos este plus de complejidad y diálogo entre distintos universos discursivos. Asimismo es indudable el aporte de la autora cuya juventud y soberbio registro lírico, augura trabajos mayores y segura presencia en nuestra poesía contemporánea.

Richard Daniel Alejos Martín
UNFV
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lunes, 19 de marzo de 2012

Reseña del libro "Nido de cuervos"

Nido de cuervos. Cuentos peruanos de terror y suspenso. Bohemia Lux. Lima. 2011. 56 pág.
Con referencia a esta notable antología, tal vez bastase citar a Lovecraft cuando decía que “el miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el temor a lo desconocido”; y como complemento al espanto y a lo desconocido, aquí se nos ofrece, además, lo sorpresivo, lo monstruoso y lo extraño en catorce variantes, plenas de generosa ingeniosidad y bizarría.
Reconozco que la elección de esta muestra seguramente fue cuidadosa y bastante rigurosa; no obstante, solo comentaré las que me parecieron mucho más representativas.
El hallazgo (de Jorge Ramos Cabezas), es un breve relato de nítido carácter borgiano, que se presenta bastante logrado, aún cuando explora temas transitados –pero provechosos, sin duda- tales como mundos paralelos o el sugestivo tópico del doble.
También El ángel caído (de Pablo Nicoli Segura) es una agradable sorpresa de esta colección ya que el autor juega hábilmente con la identidades tanto del demonio como de Jesús, oportuna estrategia cuya temática al parecer proviene del amplio caudal del gnosticismo.
Asimismo, Un amor equívoco de Adriana Alarco de Zadra, destaca con sus lejanas resonancias faulknerianas, cuasi realista maravillosa, pero con esa precisa carga de perturbación y perversidad que la convierte en uno de las mejores historias de este libro.
Pero son dos los cuentos quienes se llevan los puntos más altos en el astuto manejo del horror; en el arte de provocar escalofrío y estremecimiento. Uno es Incubación de Armando Alzamora que al leerlo es inevitable sentir una enfermiza repelencia a todo lo orgánico, imaginando la miasis que aqueja al protagonista.
Y otro es Nacido de Carlos Enrique Saldívar, que funciona como un contundente puñetazo en la cara del lector aun más avisado. Es, sin duda, esa inesperada combinación entre lo doméstico y el gore altamente visual, la que lo califica como el mejor de los antologados en esta selección del horror y el suspenso. No nos sorprende esta cualidad, ya que Saldívar, se ha venido consagrando, en los últimos años, como uno de los más talentosos escritores jóvenes del género.
Sin embargo, es necesario advertir una puntual falencia, rémora, cierto descuido de los cuentistas: que estos relatos requieren de un mayor refinamiento en el estilo. Así, debo insistir en que el buen trabajo de la prosa es fundamental –aunque no único, por supuesto. No es suficiente la anécdota; el lenguaje es lo que convierte una historia trivial en un cuento con mayúsculas. Recordemos que maestros como Borges, Ribeyro o Allan Poe fueron, a su modo, grandes estilistas.


Richard Daniel Alejos Martín
UNFV


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sábado, 17 de marzo de 2012

Libros malditos, libros imaginarios, libros apócrifos...

Imagina un libro muy antiguo, maldito, impreso con sangre y que deja ciego al que ose leer sus secretas páginas, porque ha sido escrito por influencia directa de bestias endemoniadas de muy remoto origen. Demasiado bueno para ser real ¿verdad?
He aquí (tomado de la Taringa), una pequeña lista de estos textos que nunca existieron, pero casi...

La biblioteca de Sherlock Holmes
Una de las bibliotecas imaginarias más famosas está en Londres, en el 221 B de Baker Street, donde residía Sherlock Holmes, el detective de ficción creado por Arthur Conan Doyle. Holmes (según los relatos de Doyle) empleaba su tiempo libre en tocar el violín, en dormitar bajo los efectos de la morfina, y en escribir tratados en los que compilaba su sabiduría. Entre las obras supuestamente escritas por el detective figuran títulos como El arte de las pesquisas, Sobre las diferencias entre las cenizas de diversos tabacos, La utilidad de los perros en el trabajo del detective y Acerca de la escritura críptica. Ninguno de estos libros existe, pero, de haber sido reales, hoy serían clásicos de la criminología.

Libros 'sucios'
François Rabelais (1494-1553) usó en su obra Gargantúa y Pantagruel los libros imaginarios para satirizar las costumbres de su época. Así, Pantagruel leía volúmenes de nombre y contenidos tan curiosos como Ars honeste petandi in societate, que supuestamente trataba sobre el modo correcto de tirarse ventosidades en público, De modo cacandi, que eleva a la categoría de arte una actividad fisiológica tan común como es aflojar el esfínter, y Campi clysteriorum, ficticio manual para enseñar a poner supositorios.

El catálogo de John Donne
Aunque parezca extraño, estas bromas literarias eran bastante habituales. Ya en 1650, el poeta británico John Donne publicó un catálogo similar, que tituló "Catalogus librorum aulicorum incomparabilium et non vendibilium", y formado por treinta y cuatro volúmenes imaginarios atribuidos a autores célebres (como Pitágoras) y con tÌtulos tan apetecibles como "Propuesta para la eliminación de la partícula no de los Diez Mandamientos", supuestamente escrito por el padre del protestantismo, Martín Lutero. Cómo se aprecia, la imaginación no escaseaba en aquellos tiempos.

El catálogo del conde Fortsas
En 1840 comenzó a circular por las librerías de Bélgica y Francia un catálogo formado por cincuenta y dos incunables literarios, que incluía obras atribuidas a Cicerón. Aquel tesoro (el sueño de todo coleccionista) provenía de la biblioteca del conde J. N. A Fortsas, e iba a subastarse el 10 de agosto en el despacho del notario de Binche, una pequeña y apacible localidad belga. Llegó el dÌa, y un buen número de libreros y coleccionistas de toda índole se dieron cita en Binche. Pero cuál no sería su sorpresa al descubrir que en el pueblo no vivía notario alguno, y que nadie había oído hablar de una subasta. Todo había sido una broma pesada organizada por el comandante Renier-Hubert Ghislai Chalon, un militar retirado, aficionado a tomarle el pelo a todo el mundo, y cuya imaginación habÌa alumbrado todos los tÌtulos, y el contenido de los libros, del ficticio catálogo.

El Necronomicón
De haber existido, el Necronomicón sería el best-seller de los libros jamás escritos. Encuadernado en piel humana y escrito con sangre, el Necronomicón era un supuesto códice ocultista para invocar a los primordiales, entidades demoníacaón del ser humano. El ficticio autor de tan macabra obra era Abdul Alzareh, un árabe del siglo XII, que enloqueció tras pasar cuatro años vagando por unas cuevas subterráneas, donde se supone que habÌa descubierto la existencia de ìlos primordiales. La primera persona que mencionó el Necronomicón fue el escritor Howard Philip Lovecraft en su relato "La llamada de Cthulhu", publicado en 1922. Las referencias a este libro blasfemo y maldito (con la facultad de enloquecer a todo desdichado que osara leerlo) fueron constantes en la obra del escritor de Providence. Constantes y minuciosas, ya que Lovecraft llegó incluso a escribir la cronología del Necronomicón, en la que detalló cómo, a través de los siglos, fue pasando por las manos de diversos personajes (monjes, traductores, coleccionistas...) hasta acabar desapareciendo misteriosamente. Como era de esperar, los rastreadores de rarezas se pusieron tras la pista del libro.
Una pista que no conducía a ninguna parte, ya que, como el propio Lovecraft confesó en 1943 en una carta a su editor, el libro blasfemo no existía; era una invención suya, para darle credibilidad a sus relatos terroríficos. Pero la confesión del propio Lovecraft no sirvió para poner fin a la leyenda, ya que muchos aficionados a la literatura de terror siguieron creyendo en la existencia del libro.
Jorge Luis Borges confesó cómo con dieciséis años, fascinado por la obra de Lovecraft, recorrió las bibliotecas de Buenos Aires buscando el libro maldito? Lógicamente, no lo encontró; pero, ya que no pudo volver a su casa con un libro de recetas mágicas, lo hizo con otro de recetas de cocina, para que la salida no hubiera sido en vano. La anécdota de Borges ejemplifica la fascinación que el "Necronomicón" ha ejercido y ejerce sobre miles de lectores. Fascinación que compartió René Chalbaud, catedá·tico de Literatura de La Sorbona de París, a quien en 1971 casi le dio un síncope cuando en la biblioteca de la Universidad encontró una amarillenta ficha que indicaba que existía un ejemplar del libro entre los fondos sin clasificar. La noticia corrió como la pólvora, y a la Universidad acudieron decenas de investigadores atraídos por el hallazgo, como moscas a la miel. Debió ser divertido ver la expresión de sus rostros cuando descubrieron que todo había sido una broma de un alumno con ganas de burlarse de sus mayores.

Juegos borgianos
Ya sea como ejercicio creativo, o para tomarle el pelo a sus contemporáneos, el inventarse libros que nunca han existido es un juego culto que practican muchos escritores, y que crece gracias a la rumorología. Así, se lleva años hablando del manuscrito de la novela que el mexicano Juan Rulfo supuestamente escribió después de "Pedro Páramo", y autores como Umberto Eco han usado con frecuencia en sus obras los libros imaginarios, como las inexistentes obras del ficticio Adeonato Lampustri en "El péndulo de Foucault". Pero en el arte de inventarse libros inexistentes nadie le gana la partida a Jorge Luis Borges. Como ya se dijo, en su juventud el autor argentino creyó en la existencia del Necronomicón; pues bien, con los años se tomó cumplida revancha al crear un género que algunos expertos han bautizado como ìliteratura virtual, con libros como "Examen de la obra de Herbert Quain", y "Pierre Menard, autor del Quijote", en las que el escritor analiza las obras inexistentes de unos autores a su vez inexistentes. ¿Se puede rizar el rizo? SÌ, y lo hizo el propio Borges, recurriendo al testimonio cómplice de otro autor que se prestó al juego, Bioy Casares. Entre ambos se inventaron a un escritor, H. Bustos Domecq, y se tomaron la libertad de escribirle varios libros. ¿El resultado? Los lectores creyeron en la existencia de dicho autor y se acercaron a las librerías en busca de más obras de Bustos Domecq. Borges habÌa llevado el arte de crear libros imaginarios a su máxima expresión.

Las estancias de Dzyan
¿A alguien le gustaría leer un libro escrito en Venus? Que no lo busque en ninguna librería ni biblioteca, porque no lo encontrar·, ya que se trata de otra de las grandes imposturas de la historia de la Literatura. "Las estancias de Dzyan" es, supuestamente, un texto escrito y encriptado por seres interestalares, un compendio de conocimientos cuya revelación, se dice, destruiría los pilares de nuestra civilización. Semejante libro fue una invención de Emile Boit Bailley un poeta francés de finales del XVII aficionado al ocultismo. Al igual que siglos después hizo Lovecraft, Bailley se inventó este libro para dar veracidad a sus ficciones; más aún: introdujo la posibilidad de que bajo la cordillera del Himalaya existiera una cripta subterránea donde un grupo de maestros de la sabiduría custodiaban una biblioteca repleta de libros prohibidos. Un relato de ciencia ficción en cuya veracidad creyó mucha gente. Pero la persona que más hizo por la causa de dar veracidad a este libro imaginario es Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), personaje muy popular en la Europa de finales del XIX gracias a sus presuntos poderes mentales. Madame Blavatsky actuaba en circos y teatros, y conseguía llenos absolutos merced a números tan espectaculares como incendiar objetos con la mirada y hacer levitar a una persona con sólo levantar la mano. Según ella, sus poderes eran auténticos, y los había adquirido en la India estudiando "Las estancias de Dzyan". Madame Blavatsky explotó aquella historia hasta la náusea, asegurando que su vida estaba amenazada por personajes poderosos que pretendían arrebatarle su libro. El destino le echó una mano en su impostura, ya que, en 1870, naufragó en Suez el barco en que ella viajaba, y la vidente aseguró que el accidente había sido provocado. Y en 1871, mientras actuaba en Londres, sufrió un atentado: un hombre le disparó con una pistola. Ella salió ilesa, pero el agresor aseguró que habÌa actuado como un autómata, impelido por una fuerza telepática. Meses después, un amigo de la vidente, el coronel Henry Coll, declaró que había sido un montaje de Madame Blavatsky para darse publicidad. La psíquica falleció en París, en 1891. Sus seguidores buscaron entre sus pertenencias algún rastro del mÌtico libro, pero no lo encontraron. ¿Tal vez porque nunca existió?

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viernes, 16 de marzo de 2012

César Vallejo en Paris y Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en la web Círculo de Poesía. Es un sentido (pero sincero) recuento, escrito por Marco Antonio Campos, sobre la vida de Vallejo en Europa.
París y Madrid, dolor y pobreza, poesía o marxismo parecen flanquear, fatídicamente, la vida del más grande vate peruano.

CÉSAR VALLEJO EN PARÍS Y EN MADRID

A Efraín Bartolomé

1

¿PERO QUÉ VINO A HACER AQUÍ?

Lo conocí en el café de La Rotonda el último día de agosto de 1924. Había llegado un año antes, en julio, tomado de una mano de la Señora Miseria y de la otra de la Santa Enfermedad. Esa noche tenía algo de fiebre. Me impresionó su figura magra, su rostro anguloso, su perfil fuerte y una voz como de metales rompiéndose.

Vallejo vivía aquí y allá en hoteles míseros. En las peores ocasiones dormía unas horas en el metro hasta que lo cerraban a la una de la mañana y tenía que deambular por las calles bajo las frías noches, y sentarse aterido aquí y allá, hasta la llegada de las primeras luces del alba. Iba a veces a buscar trabajo en las usinas. Con los escasísimos fondos que le llegaban del Perú por sus colaboraciones periódicas, con algo de la buena voluntad de amigos y de pequeños préstamos de Pablo Abril de Vivero, sobrevivía en una existencia perentoriamente humana. A través de Abril de Vivero comenzaba a tramitar en Madrid una beca para estudiantes peruanos. Pero era incapaz de tocar puertas donde sentía que podían rechazarlo. Jamás tuvo la menor habilidad ni el menor ánimo para la intriga o las posiciones acomodaticias. Empezaba a cumplirse su vaticinio limeño de que no le importaría “comer piedrecitas” con tal de ampliar su mundo.

Esa vez en el café estaban dos amigos del Perú, el músico Alfonso Silva y el joven Julio Gálvez, con quien Vallejo vino en el mismo barco a Europa. Como casi todos los latinoamericanos, se encerraban en un ghetto, donde nunca acababan de estar en la ciudad donde vivían idealizando países que iban entendiendo cada vez menos. Silva era su gran amigo, su hermano de raíz, “lo único grande” que había hallado en Europa, y de quien, a su muerte, escribiría uno de los más hondos y conmovedores poemas. Silva habitaba míseramente en el Hôtel des Écoles, en el Barrio Latino, con su compañera Alina y el matrimonio se ganaba la vida en las boîtes de nuit: ella cantando y él acompañándola. Por Silva, el poeta guatemalteco Cardoza y Aragón conoció a Vallejo. Vallejo acababa de salir de una enfermedad del estómago. Se veía triste, nervioso y fatigado. El verano de 1924 en París había sido frío, con lluvias incesantes y cambios drásticos de temperatura. “Los veranos que tanto me gustan, y vea”, decía con tristeza y mal humor, mientras alargaba la taza de café para alargar el tiempo y comía una medianoche.

Me prestó dos libros suyos, Los heraldos negros (1918) y Trilce (1922), los cuales leí esa semana con curiosidad, con ternura, con admiración. En ellos creí hallar una alianza íntima de audacia verbal y los sollozos y reclamos de un alma herida. Lejos, cerca, en sus juicios y opiniones, un Perú que desdibujaba ya el perfil,

Pero tiempo después Vallejo conoció a Juan Larrea en casa del poeta chileno Vicente Huidobro. No imaginó nunca lo importante que el poeta ultraísta español sería en su vida y más allá de su vida. En cuanto a Huidobro, éste no apreció jamás literariamente a Vallejo, y Vallejo mantuvo todo el tiempo reservas serias ante el la obra del antiguo creacionista.

Más tardó Vallejo en restablecerse que en enfermar de nueva cuenta. En octubre estaba tirado en el hospital de la Charité, sala Boyer, cama 22, a causa de una hemorragia intestinal. Todo se había unido contra él: el hambre, el mal vino, la falta de reposo, el clima horrible. A una hemorragia vino otra, y el 27 de octubre estuvo a punto de morir: quizá en su triste y sombrío paso por la Gran Ciudad de la Luz Falsa ése fue su tiempo más triste. Espiritualmente se sentía braceando en un fondo cenagoso. Llegaba a llorar a solas. “Todo en adelante será para peor. No es pesimismo, es un realismo crudo y objetivo”, nos decía mientras tomábamos un lentísimo café en el mostrador de La Coupole en una de nuestras habituales reuniones por los famosos cafés de Montparnasse. En ese lapso su cristianismo se hizo más hondo. Una tarde de otoño, años después cuando cruzábamos frente al hospital, señaló hacia el cuarto: “Allí sufrí mucho”. Para diciembre de 1924 se hallaba mejor pero seguía viviendo a “duras penas”.

A principios de 1925, en días maravillosos, alcanzaba a comer papas y arroz con morcilla en el taller de Vercingétorix 3 que le prestaba el escultor costarricense Max Jiménez. A veces se encontraba con Huidobro. Por fin en marzo de ese año le concedieron la beca española. Un problema: los meses pasaban y el anterior becario seguía cobrándola.

En junio consiguió un petit boulot, un empleíto, en Les Grands Journaux Iberoaméricains, en avenida de la Opera 11. Pero por lo regular estaba sin un franco, y peor, sin ropa. En junio y en julio volvieron “el médico, las inyecciones, las obleas, las pequeñas fiebres intermitentes, los insomnios”, mientras su organismo empezaba a deformarse con lentitud firme.

2

¡Pero cómo volvían entonces los años infantiles! César Abraham Vallejo Mendoza, a quien de niño llamaban Abraham, tras las primeras capas del cuerpo y las primeras del alma, nunca dejó de ser el niño y el muchacho que creció en Santiago de Chuco, un pueblecito andino situado a 3 115 metros de altura.

Quizá le entristecía más no recibir correspondencia de sus hermanos (Víctor, Manuel, Néstor) que de los amigos de Trujillo y Lima. En la soledad parisiense, la imagen que le volvía más al principio era la de su madre, quien había soñado que su hijo alguna vez “sería papa, obispo o santo”. Vallejo recordaba la casa del número 96 de la calle Colón, en el barrio de Cajabamba, con su portón y su poyo, su patio empedrado y sus pilares de enredaderas. Desde ahí se veía el camposanto del pueblo, donde su padre había acompañado a tanta parentela y a tantos amigos antes de morir él mismo. Su madre, doña María de los Santos Mendoza y Gurrionero, hija del sacerdote español Joaquín de Mendoza y de la india chimú Natividad Gurrionero, a quien Vallejo representaba como la misma Dolorosa. ¡Y en París, en los días difíciles, cómo la recordaba! La miraba mirándolos jugar a él y su hermano Miguel y acercándose a acariciarlos (“pero hijos…”); la miraba a la hora de despertarlos simulando enojo y ellos riendo de su falso enojo; la miraba al escuchar a su padre a la mesa hablando de cosas del pueblo y de política; la miraba por el silencioso corral, donde él se escondía de mañana con Aguedita, con Nativa y con Miguel, mientras el cura, el ciego Santiago, tocaba puntuales las campanas de la iglesia; la miraba de reojo en el instante cuando él ponía un cirio en el altar de la iglesia de Santiago para que a ella no le pasara nada; la miraba cuando al alba y en domingo, María de los Santos Mendoza y Gurrionero dirigía sus rezos por caminantes, encarcelados, enfermos y pobres.

En los primeros años parisienses la imaginaba lejos, la imaginaba ingenua y niña, e imaginaba que de vivir no entendería que diablos hacía el undécimo y último de sus hijos en un lugar tan apartado y triste, cuando en Santiago podía tener el cuidado familiar. Y él trataba de decirle y explicarle más allá de la tierra y más allá de los años, como era ese sitio tan “grande y lejano y otra vez grande” donde ahora residía.

La de Vallejo fue una niñez libre y amorosa, en la que el padre, de una bondad sin fondo, parecía el carpintero José que tallaba durante la huida de la madera del alma de sus hijos. Allí estaban las bulliciosas hermanas, con una canasta llena de ilusiones esperando la fiesta del vecino o del pueblo. Una casa adonde llegaban caballos distantes y pájaros del sur. Al niño le gustaba correr en las calles del terruño y pasarse horas en el campanario oyendo las puntuales campanas, las historias del sacerdote ciego y los murmullos de aire que venían de las montañas. Y subía hasta el campanario el olor del maíz y entraba la dulzura del amanecer.

Pero esa infancia se borraba de la luz. Iban muriéndose todos: el cura Santiago y la joven Carlota, la tía Albina y el cuñado Lucas, el músico Méndez y la panadera Antonia, y lejos, lejos de ellos, él sentía que acababa de matar en sus propias vísceras a su madre, a su hermano Miguel y a su hermana.

3

Era septiembre de 1926. A diferencia del año anterior, el verano que acababa de irse había sido bochornoso. Apenas se podía respirar. Vallejo comentaba en el círculo de amigos que el calor le había quitado hasta el hambre. “Felizmente”, añadía con su característico humor negro.

Caminamos por la orilla del Sena bajo los tibios castaños en la tarde de oro deslucido. Se refería injustamente a Víctor Hugo como un “insigne retórico” y a Paul Valéry como un “epígono servil de Mallarmé”. Proust, Gide, Valéry, Giradoux, Darío y Whitman eran los autores que leía entonces.

Empezó a ponerse tiste al evocar a los antiguos limeños: las cartas eran palomas asustadas que volaban a otra parte. Recordaba a Espejo, a Quesada, a Lora, a Haya de la Torre, a Sánchez Urgesta, en el periodo parisiense, me decía, sólo había recibido unacarta en donde los amigos comentaban que lo tenían siempre presente. Aunque fueraeso sólo una cortesía o una exageración, lo conmovió mucho. De su familia apenas tenía noticias. “Cuando trato de pensar en algún amigo que arregle mis pagos en el Perú no encuentro a nadie confiable”. Y añadía con una expresión muy suya: “Son unos terribles”.

Vallejo vivía ahora con el magro salario que ganaba en Les Grands Journaux, con los esporádicos arribos de los pagos por sus crónicas en el semanario El Mundial y con la beca de 330 pesetas que le consiguió Pablo Abril de Vivero, la cual representaba simultáneamente una ayuda y una suerte de angustioso castigo: debía ir cada mes a cobrar a la capital española. Se había frustrado el proyecto de una revista (La Semaine Parisienne) que abrió una ancha puerta en la casa de la esperanza. Ahora habitaba en el número 20 de la rue Molière, primer distrito, en el cuarto piso del hotel Richelieu, dos calles atrás de la Comedia Francesa, a la vuelta de Les Grands Journaux y a pocas calles de la Ópera. Residiría allí unos dos años. Quizá fue la única época en que la pobreza dominó a la miseria.

Llegamos a los jardines del Palais Royal. ¡Qué belleza ver amarillándose o apagándose el color de los árboles en espera de la caída de de las hojas! ¡Qué belleza el leonado o el flavo de los follajes! ¡Y el zureo de las palomas!

Vallejo se encontraba muy inquieto, hablaba de un juicio que le seguían en el Perú y que pendía sobre su cuello como la espada de Damocles. Todo había sido un equívoco terrible y doloroso. El tribunal de Trujillo había ordenado reprehenderlo.

Durante el año, para colmo, había tenido lides y diferencias con su compañera habitual Henriette Maisse. Sin embargo, algo lo sostenía en vuelo como si habitara en un país hechizado. Frente a su hotel y a su habitación, en el cuarto piso del edificio del 19 de la rue Molière, moraba junto a su madre una ligera y esbelta muchacha. Desde el año anterior Vallejo se dedicaba a espiarle sus movimientos. Podía verla a menudo de ventana a ventana. A los amigos que iban a visitarlo buscaba hacerlos sus cómplices. “¡Esperen! ¡Ya está por salir! ¡Vean!”, decía con palabras salidas de su antena platónica.

Con su amigo Larrea; Vallejo editó ese año una revista de ocho páginas con el título vanguardista Favorables Paris Poema. Ya estaban por sacar el número 2.

—Ese juicio en el Perú me quita el sueño — me repetía.

Nos detuvimos en el café La Régence, en el primer distrito. El café era local predilecto.

—No sé por qué fui. Había perdido mi empleo y me moría de ganas por conocer Europa. Pero a último momento (vivía ya en Trujillo) decidí ir a las fiestas del apóstol en Santiago de Chuco. Quería despedirme de mis padres y de mis hermanos y visitar el sepulcro de mi madre. Era el verano de 1920. Las fiestas duraban del 13 julio al 2 de agosto.

El incidente ocurrió el primer domingo de agosto. En el pueblo pleiteaban dos facciones por el control político: la de Carlos Santamaría y la de Vicente Jiménez. Algunos policías ebrios se revelaron porque no les pagaba el nuevo subprefecto Ladislao Meza. En esos momentos pasaba Héctor Vásquez, Benjamín Ralero y Antonio Ciudad. Éste reclamó a los policías su comportamiento. Un policía lo mató de un tiro. Los acompañantes de Antonio Ciudad mataron a tres policías. Corrió el rumor de que el alférez de la gendarmería se ocultaba en casa de Carlos Santamaría. Éste lo negó. Amigos del muerto y una muchedumbre, acompañados por el subprefecto Meza, llegaron a casa de Santamaría. Encabezaban a la gente, entre otros, Héctor Vásquez y el mismo Vallejo.

Costó trabajo disuadir a la multitud. El subprefecto Meza se dirigió luego a la casa de Héctor Vásquez para detallar por escrito el episodio. El subprefecto, Vásquez y Vallejo salieron más tarde a hacer la ronda. Casi todo mundo, aun los mismos policías, se hallaban borrachos. Regresaron a casa de Vásquez y mientras el subprefecto y Vallejo terminaban de redactar la relación de los hechos, era incendiada la casa de Carlos Santamaría. Desde la ventana de la casa de los Vásquez el subprefecto Meza y Vallejo vieron cómo de la casa sólo quedaba la sombra.

Los Santamaría levantaron el acta ante el tribunal de de Trujillo contra Vicente Jiménez, Héctor Vásquez y tres hermanos Vallejo: Víctor, Manuel y César. El 31 de agosto un juez trujillense ordenó la detención de todos. Apresaron al guardaespaldas de Vásquez, quien habló de complot.

Los implicados huyeron, pero el 6 de noviembre Vallejo y Vásquez fueron aprehendidos en la casa de campo de Mansiche de su amigo Antenor Arrego. Ante la detención las protestas se generalizaron: de periodistas, de intelectuales, de estudiantes. Vallejo permaneció en prisión 117 días, saliendo el 26 febrero de 1921. Todo había sido absurdo, doloroso, cruel. Por eso ahora al saber que su caso luego de cinco años seguía abierto, le parecía una injusta humillación que lo hacía sentir impotente y desamparado. Él, que trato de pacificar los ánimos y sólo vio a distancia los hechos, continuaba siendo juzgado como un criminal. “¿Cómo quiere que aprecie las cosas de mi país cuando ocurren hechos como éste?” Él sabía que si en el Perú era visto como delincuente podría eso revertírsele en cualquier momento en París, en Madrid o en cualquier sitio. Era la navaja amenazando la aorta. Y yo recordaba poemas de Trilce llenos de tristeza, de dolor y desesperación.

Vallejo vio siempre su prisión en Trujillo como uno de los momentos graves en su vida. La celda era otra cárcel en la cárcel donde todo sumaba el mismo número. No hay sitio como una celda para criar los nervios y aherrojar el corazón, decía. El lecho estaba desvencijado. El guardián, un pobre viejo sin ningún alineo, chanceaba a los presos para hacer sentir su autoridad irrisoria. Cuatro veces al día preguntaba por el sueño ay la comida.

En esos días opacos las imágenes de infancia y de la madre lo perseguían dejándole caer todo el peso del infortunio.

4

Todo 1927 soñó con Georgette. No sabía cómo aproximársele. La veía desde la ventana de su cuarto. Al fin, un día, al salir del hotel, coincidieron en la calle y la saludó: Bon jour, mademoiselle! Para su sorpresa Georgette, volviéndose a la ventana de su departamento, gritó a su madre que el sordomudo del hotel no era sordomudo. “Así que creía…”.

Empezaron a encontrarse en el café Le Carillon, de avenida de la Ópera. Vallejo traducía sus poemas al francés para ella. Levantaba castillos como sueños. Hacía proyectos. Y decía a la joven: “Como usted ha visto, tengo aún que organizar mi vida”.

Henriette Maisse se enteró y fue a reclamarle a Georgette. Se armó la trapisonda y para salir de la pelotera, de las “complicaciones mujeriles”, como decía, Vallejo se mudó un tiempo al hotel Garibaldi.

Georgette era una hija de familia, leve y hermosa, pero tiránica, nerviosa, irritable. Vallejo abandonó a Henriette, quien nunca dejó de acompañarlo en días difíciles.

Vallejo colaboraba ahora para La Razón de Buenos Aires. Las oficinas del diario argentino estaban muy cerca de su antiguo trabajo, en la misma avenida de la Ópera, en el número 26.

Subimos unos momentos a las oficinas del diario porteño, donde —decía — era “un poco secretario, portapliegos, traductor y portero”, en fin, nada más y nada menos que “un amanuense pobre”. Con el salario apenas alcanzaba a costear el cuarto del hotel. Había decidido dejar la beca española de las 330 pesetas: por el agobio de ir a Madrid cada dos o tres meses, por la existencia de los certificados de asistencia, por la indomable burocracia española capaz de enloquecer al más paciente y porque moralmente se sentía mal de quitarle la beca a un joven.

Salimos y nos encaminamos al café de La Régence. Nos sentamos en una mesa del fondo. Cuando iba solo solía sentarse allí, para reflexionar, leer los diarios, escribir, fumar…

De ningún modo quería volver a Lima. ¿Para qué? ¿Para hundirse en la bohemia y en los fumaderos de opio y ser otra vez un ínfimo maestrito de colegio? Prefería la miseria en Francia o en cualquier país europeo a estar entre la peruanidad (así la llamaba) “tan venenosa como nauseante”. Era ya una dicha en sí misma vivir fuera del Perú. “En Lima, lo digo con amplia experiencia, no pueden hallarse amigos verdaderos”. Para él Lima era sólo una provincia triste, o en el mejor de los casos una capital de tercera mano. Debía encomendarse a Dios y a la esperanza más verde para que llegaran las retribuciones del semanario El Mundial o el de la revista Variedades. Pero quizá las plegarias no las alcanzaba a oír Dios. Desde luego del gobierno peruano no podía esperarse nada. Apenas de la intelectualidad de su país apreciaba como ensayistas a José Carlos Mariátegui y a Luís Alberto Sánchez. Que lástima la precoz muerte de Abraham Valdelomar en Ayacucho, en 1919, a quien quería tanto (decía con la voz quebrada). “Hubiera sido el mejor escritor peruano. ¿Quién sino él nos abrió los caminos?”

Ya no se hacía ninguna ilusión. El optimismo dañino de esperar un día mejor que nunca llegaba había resultado más destructivo que el diario enfrentamiento con la realidad. Las puertas de la buena casa y de la buena salud se le cerraron desde su arribo. Era sólo un buen sueño tener “el pan a su hora y el agua a su hora”.

Le pregunté por la nueva poesía latinoamericana y me contestó que había leído cosas de tres jóvenes: del argentino Borges, del chileno Neruda y del mexicano Maples Arce. En su opinión todos escribían igual. Todos estaban en la moda vanguardista donde importaban la novedad de las palabras y no el llamado o los gritos del corazón. Había una ausencia de originalidad en la intención de lo nuevo. De Borges (a quien llamaba José Luis) le parecía insoportable su fervor bonaerense por “falso y epidérmico”. Hacía poco Neruda había estado en París de paso hacia el Extremo Oriente y se habían reunido en el café de La Rotonde, acompañados por el crítico Xavier Abril, hermano de Pablo, y de un amigo chileno de Neruda. Le pareció un joven delgado lento y silencioso. Larrea y él habían publicado en Favorables Paris Poema un fragmento de Tentativa del hombre infinito, por recomendación de Huidobro. Era lo que conocía de él. No, no había leído niCrepusculario ni los Veinte poemas. El poeta de América para él, el poeta que lo hacía llorar, se llamaba Rubén Darío. Salimos de nuevo hacia la avenida de la Ópera. Deambulamos un poco a orillas de Sena y entramos al Barrio Latino.

5

Era ya 1928. Vallejo había solicitado, con base en la beca española, su pasaje de vuelta a Lima para convertirlo en francos y sobrevivir un tiempo en París. Pero el pago tardaba. Como en un treno elevaba su queja diciendo que en el Perú sólo valían intrigas y comadrerías. Para otros eran las prebendas, mientras a él le tocaba levantar “las migajas del banquete debajo de la mesa del burgués”. Para Vallejo, el gobierno y la diplomacia peruanos eran “la canalla de arriba”. Como era costumbre, los pagos de sus artículos y crónicas enviados a El Mundial y Variedades tardaban en llegar o no llegaban. El colmo: en septiembre su apoderado le mandó una cuenta donde le hacían una confiscación de 3 000 francos. “¿Hay derecho para robar a un hombre enfermo y pobre?”, preguntaba.

Vallejo había empezado a estudiar marxismo y pasó a integrarse a células obreras. Asistía a cursos y conferencias sobre la situación soviética del momento.

Al menos ese año al principio, tuvo una noticia consoladora. Gracias a los buenos oficios del abogado Carlos Godoy, el proceso contra él, por los hechos de Santiago de Chuco en 1920, prescribió y se había dictado sentencia absolutoria. “Casi ocho años de espera”, decía no creyéndolo.

Pero en mayo cayó de nuevo enfermo con problemas de estómago, de corazón y pulmones. Su cuerpo parecía más —así decía— una nómina de huesos. Apenas podía moverse.

Sufrió así tres meses, hasta que endeudándose al límite, pudo pasar una temporada de cura en Ris Orangis, en los campos del entorno de Fontainebleau. El secretario de la legación de Perú en Francia, Ortiz de Ceballos, los apoyó con nobleza. Con quieta devoción, Henriette Maisse, con quien había vuelto, afanó sus esmeros. Vallejo recobró cinco kilos y se llenó la sangre y los pulmones de viento campesino.

Pero Vallejo amaba Georgette. Cuando una vez en nuestras reuniones de La Rotonde, me permití preguntarle a Juan Larrea, su mejor amigo, por qué Vallejo prefería Georgette a Henriette cuando ésta era humana y moralmente muy superior, me contestó que Georgette era bella, de eso que se llama “buena familia”, con una correcta posición económica y sin mucha experiencia amorosa. “En suma, algo que suele apreciar el latinoamericano medio en las mujeres”. Hizo una pausa y añadió con exageración graciosa: “Pero qué mujer más terrible, señor. Es uno de los caracteres más difíciles, extenuantes y sulfúricos que ha producido la Bretaña a lo largo de su larga historia”.

Al fin le llegó a Vallejo el dinero del pasaje de vuelta que había solicitado por la beca fantasma. Para asombro de todos sus amigos el viaje no lo hizo a Perú… sino a Rusia. Nos sorprendió porque hasta entonces apenas lo habíamos oído hablar de política. Se fue a principios de octubre con un baúl abierto para meter ahí todas las ilusiones, pero a los pocos días decidió cerrar el baúl. Comprendió que en el precario Moscú de entonces, con escasez de recursos, con ausencia de vivienda, con el clima ferozmente frío, no había sitio para él.

Regresó a París y se hundió en un cuartucho de un hotelito de la rue Sainte-Anne. En noviembre pasó otra temporada con Henriette y sus amigos Córdoba y Bazán en Ris Orangis. El 12 de noviembre hubo una noticia grata para Vallejo: murió Marie Travers, la madre de Georgette, quien se aplicaba con diligencia a hacerle la vida imposible. “Qué diferencia con mi madre”, decía Vallejo.

Pero la transformación de Vallejo era sustancial. A partir de entonces fue común que en sus narraciones, en su teatro, en sus crónicas, artículos y conversaciones, hubiera un contenido o referencias marxistas. Lo social dio una apertura saludable a su vida pero nunca abandonó a Dios. “Un creador debe llevar de modo permanente su cruz al hombro”, solía decirnos en nuestras reuniones en torno al mostrador de La Rotonde, mientras empequeñecía un café y agotaba las medianoches.

Logró que en Moscú le aceptaran colaboraciones sobre América en periódicos con la promesa de un pago puntual. Lo que le parecía “formidable” de Rusia (lo decía con entusiasmo) era la organización de los soviets. “El milagroso país de Lenin”, adonde volvió, del cual escribió libros, en el que quiso creer y en el que creyó, pese a todo y contra todo, hasta el Viernes Santo de 1938.

6

El año 1929 fue menos terrible, pero siguió viviendo “al pie del muro”. Había aprendido si eso puede aprenderse, a cubrirse el cuerpo con la plata y el oro de no tener nada.

Estábamos en el café de La Régence. No sé por qué, al verlo fumar, asocié cuán importante había sido la avenida de la Ópera para Vallejo. Situada a media calle de rue Molière 20, donde residía en el hotel Richelieu, a lo largo de la vía estaban los edificios de dos de sus trabajos y dos de sus cafés habituales. ¡Cómo lo caminó! ¡Y cómo vivió las callejas oscuras y los hoteles pobres del primer distrito parisiense!

Veíamos caminar por la calle, a través de la vitrina, a jóvenes astrosos. Era una imagen que impresionaba a cualquiera.

—Son los parados de la crisis. Les han robado el estómago y los días de guardar— murmuró.

Salimos. Caminamos bajo la arcada de la rue de Rivoli. Veía al otro lado los árboles negros y sin hojas del jardín, de las Tullerías.

Nos despedimos.

A mediados del año cortó, ahora si en definitiva, con Henriette Maisse, y su relación con Georgette se estabilizó. Vallejo sólo debió mudarse enfrente y a la misma altura, al número 19 de la rue Molière, cuarto piso, derecha, y trasladar allí sus mínimas pertenencias. Pero a fines de junio de suscitó un conflicto y la relación estalló. Vallejo se sumergió en hondas y complejas aguas sentimentales. Por unas semanas se mudó a casa de su amigo Juan Domingo Córdoba, en el número 32 de la rue de Sainte-Anne. Pero no podía arrancársela: estaba en cada milímetro de su corazón y de su cuerpo. Estaba a la hora del pan y a la hora del sueño, a la hora de escribir y de recoger las cartas, a la hora de las reuniones en el café y como imagen en las aguas del río. Tenía que cambiar. Tenía que cambiar hasta los fundamentos. Tenía que salvarse con ella o salvarse sin ella.

En septiembre volvió con Georgette. Con dinero de la herencia de la madre de ésta, viajaron del 19 de septiembre a fines de octubre haciendo el siguiente itinerario: Berlín-Leningrado-Praga-Viena-Budapest-Trieste-Venecia-Florencia-Roma-Pisa-Génova-Niza: uno de esos viajes en que a veces se recuerda más las estaciones ferroviarias que las ciudades.

Desde entonces no hubo en la pareja una ruptura seria. Años después de muerto, conversando con Larrea, tocamos el tema de la poesía.

— ¿Se ha dado cuenta —me dijo— de que sólo hay un poema íntegro hecho para Georgette y en otros sólo menciona su nombre de paso?

7

Llegó al Perú su amigo Juan Larrea antes que el mismo Vallejo pensara en serio volver a su país natal. Larrea salió de Marsella el 15 de enero de 1930 para ir a Mollendo, en le sur del Perú. Vallejo, por carta, presentó a Larrea con los amigos como “el poeta más grande español joven”, pese a que el amigo no había publicado un solo libro y en ese momento ya brillaban con luz creciente Guillén, Salinas, Lorca, Cernuda, Aleixandre y Alberti. Pero como a América Latina todo llega tarde, los amigos peruanos tardarían en saber con exactitud las nuevas jerarquías españolas.

Larrea había recomendado Trilce a José Bergamín y a Gerardo Diego, quienes respaldaron en Madrid su publicación.

De repente, sin decir agua viene o agua va, Vallejo se presentó en Madrid en mayo de 1930 con Gerardo Diego, quien lo presentó a su vez con Bergamín, de quien se hizo pronto buen amigo. Con Georgette pasó un mes en Madrid y Salamanca.

En las Ediciones Plutarco se publicó Trilce con dos presentaciones: un texto de Bergamín y un poema de Diego. Fue uno de los contados momentos felices que Vallejo conoció en Europa. El libro llegó a Lima, donde pocos recordaban que era poeta.

En París, Vallejo se había abocado ese año de 1930 a la divulgación de la revista Bolívar,que su protector y amigo Pablo Abril de Vivero editaba en Madrid. Vallejo enviaba pequeñas crónicas sobre Rusia. Fueron 12 entregas: del 1º de febrero al 15 de junio. De la teoría Vallejo había pasado a la plena militancia marxista.

Desde mediados de 1929 hasta principios de 1930 Vallejo se sostuvo en la vaga idea y la vaga ilusión de irse unas semanas al Perú. Pero su situación seguía siendo menos que precaria. El tiempo había mitigado las tormentas de antaño y su recuerdo del país empezaba a tornarse dulce y melancólico. Era peruano —decía— y moriría peruano en París y en dondequiera.

¡Y cómo recordaba de la sierra los cerros retratados, los mineros trístidos y amarillos, los años estudiantiles en Trujillo, la bohemia limeña con su hueso duro! Pero ¿acaso no eran peruanos sus amigos en París: Juan Domingo Córdoba, Armando Bazán, Macedonio de la Torre y Ernesto y Carlos More? ¡Pero cómo se deprimía también al pensar que luego de siete años no había hecho nada en Europa! Ni siquiera un libro importante. Algo para la literatura, algo para el mundo, algo para la vida, algo para los otros. Llevarse diciembres, llevarse eneros.

Y otra vez los meses duros. En el verano y en el otoño estuvo enfermo. Lo vi a principios de octubre y en París hacía un frío espantoso. En el jardín de Luxemburgo, donde caminábamos por las veredas lodosas, los castaños parecían fantasmas negros. Oíamos zurear las palomas, que empezaban a escasear.

Por actividades políticas, públicas y secretas, Vallejo debió salir de Francia el 27 de diciembre de 1930. Por razones de idioma y de amistades eligió España, que vivía en el declive de la dictadura de Primo de Rivera. Era una posibilidad para viajar y una posibilidad para el cambio. Pronto se daría cuenta que en el exilio del exilio poco hay de verde y nada de luz en el jardín.

8

Se instalaron Georgette y él en las calles de Antonio Acuña, no lejos del jardín de El Retiro. Otra vez comenzaba a vivir “al pie del muro”. Vallejo se lamentaba (se amargaba en privado) de que en España sólo servían las recomendaciones y de que las aptitudes y la honestidad eran objetos de parvo valor. “Esto ocurre en todas partes pero aquí se encumbra”, comentaba en la cervecería alemana, a unos pasos de la estatua de la Cibeles. Pero acaso su mayor enojo fue ver que Trilce no se exhibía en ningún aparador de ninguna librería. Hasta ese gozo, hasta ése, le habían quitado.

En el año y meses que Vallejo vivió en tierra española no intimó con nadie. De vez en cuando se encontraba con Rafael Alberti y con José Bergamín, que, como él, eran comunistas, y muy de vez en vez con Federico García Lorca, quien trataba de ayudarlo para que representaran sus obras teatrales. Pero Gerardo Diego residía en Santander y Juan Larrea se había trasladado del Perú a Francia.

El 14 de abril de 1931 triunfó la República Española. Su escasa credulidad en la vía pacífica para el cambio quedó demostrada no escribiendo sobre los hechos. Sólo a través de la vía violenta, argüía, como en la Rusia de octubre de 1917, podían triunfar las revoluciones. En marzo se había afiliado al Partido Comunista Español. Empezó a laborar en células, que a partir del triunfo republicano fueron menos clandestinas. A veces se le encontraba por el café de La Granja del Henar.

En mayo, en casa de Alberti, oyeron de labios de Miguel de Unamuno El hermano Juan, una pieza teatral de éste. En ese mayo recibió también la noticia del Perú de que sus colaboraciones en El Comercio ya no eran bienvenidas. No quiso darse cuenta o se dio cuenta tarde, que el contenido marxista de los artículos en un país bajo una dictadura era el camino lineal al suicidio literario. Pero en Madrid pudo sobrellevarla gracias a sus colaboraciones en periódicos como La Voz, La Estampa y Ahora, y traduciendo libros de literatura francesa: Calle sin nombre y La yegua de Marcel Aymé, y Elevación de Henry Barbusse. Además la editorial Cenit publicó su novela social El tungsteno, y en agosto, en la Editorial Ulises, se reunió en libro un conjunto de sus crónicas Reflexiones al pie del Kremlin, que fue un éxito de venta pero del cual no pudo cobrar una peseta. Para no pagarle, los editores llegaron al límite de contratar los servicios del mejor abogado de Madrid. Otros libros suyos (crónicas, piezas teatrales) se le rechazaron en las editoriales por “violentos”.

En octubre viajó a Ucrania y por tercera vez a Rusia. En Moscú asistió al Congreso Internacional de Escritores. Todas las veces que pasó por Rusia nunca estuvo más allá de dos o tres semanas. Volvió a Madrid.

Pero Georgette apenas resistía la capital española y él no mucho. Georgette extrañaba París. Se moría por París. Vallejo comentaba que Madrid estaba bien para saludar a los amigos, divertirse, pasar un tiempo, “pero para hacer algo y vivir”, no, eso no era posible. Era una ciudad tediosa y vacía. Después de un año de vivir allí había descubierto que lo único que le gustaban eran el sol, el arroz a la valenciana, las angulas, los ascensores de las casas y la tranquilidad.

Para su fortuna se presentó en Francia una coyuntura política favorable que posibilitó el regreso. Primero viajó Georgette. Para esto se vio obligado a solicitar dos préstamos a Gerardo Diego. Georgette partió en enero de 1932.

Para pagar sus deudas en Francia tuvieron que vender el departamento de la rue Molière 19. Georgette se hallaba en París sumamente exasperada y Vallejo desde Madrid pedía a los amigos (a Larrea y a Córdoba) que la visitaran para que no cometiera una locura.

Creo que por ese entonces Armando Bazán, en una de nuestras reuniones en el café de La Rotonde me hizo notar una tarde lluviosa y helada de febrero que Vallejo tenía tres rasgos característicos: un sentido purísimo de la amistad, una incorruptible inocencia y una incapacidad absoluta para sortear las contingencias económicas. Como si tuviese necesidad del sufrimiento por considerarlo inherente a él y a su raza. La melancolía de Vallejo hacía mucho tiempo se había convertido en dolor trágico.

Vendrían años oscuros.

9

A fines de 1933 se mudó la pareja a un departamentucho del boulevard Garibaldi, donde Vallejo escribió una farsa, Colacho hermanos, y algunas agudas reflexiones: El arte y la revolución y Contra el secreto profesional. Vallejo creía que el teatro podría ayudarle a ganar un poco de dinero; pronto se dio cuenta de que no sólo no podía representar sus obras, sino ni siquiera publicarlas.

Se le veía cada vez menos. Escribía menos. Para qué, decía, si no hay editores. ¿Para quién escribe uno? Contra todo, y luego de 10 años, tenía ya armado un libro de poemas al que puso el título Nómina de huesos. Lo había ofrecido a España, pero por una equivocación del correo no se enteró de la respuesta positiva, lo que acabó de hundirlo anímicamente. Georgette y él querían tener un hijo, pero habiendo sufrido ella aborto tras aborto, terminarían sólo viendo con amarga tristumbre la fecundación de la primavera. El 11 de octubre de 1934 la difícil pareja se casó en la alcaldía del XV distrito. Fueron testigos el pintor español Ismael González de la Serna y Suzanne Putois su mujer.

Ya domiciliados en Maine Hôtel, en la avenida de Maine 64, a unos pasos de la estación Montparnasse estalló en julio de 1936 la Guerra Civil española. Todas las reprobaciones antiguas al país del que tenía la mitad del linaje estaban también teñidas de un amor sin fondo. No sólo eso: la derrota de la República, lo entendió, significaba también el aniquilamiento de las causas progresistas y el avance del fascismo alemán e italiano.

Pasó a ayudar a la conformación de los Comités de Defensa de la Revolución y empezó a redactar artículos en defensa de la República. Conmovió los cimientos de la casa de su alma la noticia del asesinato de Federico García Lorca. Pero la causa española lo hizo tomar un segundo, un tercer, un cuarto aire agresivo. Estaba hecho un fuego. Iba de un lado a otro y sólo tenía el mapa de España en la cabeza. Creía que ahí se estaba dando la última revolución pura. Ambos España y él, estaban siendo crucificados.

A fines de 1936 viajó a Barcelona y a Madrid. Quería luchar, ser uno más de los voluntarios internacionales, pero se daba cuenta que a sus 44 años, enfermo y frágil, las lides y batallas eran otras.

¡Porque en España matan, otros matan

al niño, a un juguete que se para,

a la madre Rosenda esplendorosa,

al viejo Adán que hablaba en voz alta con su caballo,

y al perro que dormía en la escalera.

Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,

a su indefensa página primera!

Pocas cosas le conmovieron tanto como la llegada a la península de los voluntarios internacionales. Salvar a España era salvar al mundo. Salvar a España era salvar a una de las mitades de su yo que venía desde sus abuelos tristes. El hijo peruano tratando de salvar a la madre patria:

¡Voluntarios,

por la vida, por los buenos, matad

a la muerte, matad a los malos!

Hacedlo por la libertad de todos…

No descansaba un minuto. ¿Cuántas veces no lo vimos por horas en la estación Montparnasse esperando noticias del frente de guerra? España era acuchillada por sus hijos. “Varios días el mundo, camaradas, el mundo está español hasta la muerte”.

Igualmente que con España, Vallejo se había reconciliado en el alma y en el corazón con su patria. La imagen de deterioro y los recuerdos acerbos se habían serenado y dulcificado. Si étnicamente hubiera podido definirse Vallejo habría respondido que era un indoamericano. Yo diría mejor: un indoperuano. A América Latina sólo la conoció a través de los latinoamericanos en París. Abnegadamente, construyó un Perú diminuto en el perímetro del primer distrito y en el perímetro de Montparnasse, entre cafés antiguos, bares desleídos, cuartos de hotel como hoyos negros, boîtes de nuit para pasar las sombras…

A fines de 1936 se gestionaba su ida al Perú, pero topó con enormes murallas ideológicas. Los meses corrían y al fin, por junio de 1937, se le puso en un dilema extremo: se le daría todo lo que deseara siempre y cuando apoyara al gobierno o se quedaba con sus ideas. Fue doloroso para él. “No sirvo para andar como lobo entre los lobos”, dijo a Larrea. Jamás, ni siquiera como cadáver, volvería al Perú.

Poco después, en julio, en Valencia y Madrid, se realizó el Segundo Congreso Internacional de Escritores, pero el egoísmo y la irresponsabilidad de numerosos camaradas lo desencantaron y le bajaron los ánimos.

Volvió a encontrarse con Neruda y viajó con Huidobro. Según contarían su amigo Larrea, Vallejo debió encargarse de dirigir el boletín hispanoamericano Nuestra España por tres razones: vivía en París, pertenecía al Partido Comunista Español y, además, necesitaba el dinero, pero las intrigas de Neruda (opinión también de Georgette) lo impidieron.

Y Neruda lo dirigió. La relación entre Vallejo y Neruda se quebró desde entonces. Enfática, enconadamente Larrea subrayaba que Vallejo se congratulaba de no ver a Neruda ni a Delia, su mujer argentina. A su vez Neruda acusó siempre de divulgar falsedades sobre su relación con Vallejo a Georgette, quien le parecía una francesa tiránica y presumida, hija de concierge, al crítico Xabier Abril y, sobre todo, a Juan Larrea, a quien llamaba Tarrea, y a quien desdeñaba como un huidobrista español y un autor de “prologuillos”.

Y ocurrió un hecho inusitado: en ese momento, como una llamarada que incendiaba todo, Vallejo empezó a escribir poesía. Y los poemas salían a decenas. Pero la muerte, en otra guerra pero callada y sorda, le ponía un cerco. Las cosas marchaban peor para él y para la República. En marzo de 1938, luego de una rara comilona, cayó en estado comatoso.

10

Vallejo dobló bíblicamente las manos el Viernes Santo de 15 de abril de 1938 en la Clínica Arago, situada en el boulevard Arago número 95, en el XIV distrito, a unos 150 metros de la plaza Denfert Rocherau. Era primavera y los árboles empezaban a verdecer.

Vallejo fue trasladado a esta pequeña clínica de cuatro pisos desde su cuarto del Hôtel de Maine gracias al apoyo de la legación del Perú. Todo el tiempo Vallejo permaneció silencioso, a excepción, nos contó luego Larrea en nuestras reuniones del café de La Rotonde de unas palabras que dictó a su esposa el 29 de marzo: “Cualquiera que se la causa que tenga que defender ante Dios después de la muerte, tengo un defensor: Dios”.

Los médicos ignoraron siempre cuál fue la enfermedad. Uno de ellos el doctor Léjar, diagnosticó que, seguramente por los síntomas, se trataba de paludismo retardado. Gonzalo More, gran amigo de Vallejo, ironizaba diciendo que para “un europeo, decir Perú es decir trópico, selvas, mosquitos enfermedades desconocidas” sin imaginar que el poeta nació y creció “en plena sierra, donde la únicas enfermedades que existen son la pulmonía y el tifus”.

Pero en lo que los médicos franceses lograron un nivel de excelencia fue en acelerar la muerte de Vallejo. Después de las “limpias” que ordenó Georgette Phillipart para su marido y de sus extrañas consultas a astrólogos y brujos, los médicos, en un arranque de inspiración negativa, un día antes del deceso, hicieron a Vallejo una punción lumbar tratando de extraer líquido cefalorraquídeo. Los dolores hacían a Vallejo proferir alaridos desesperados. La punción resultó fallida.

Vallejo entró en agonía ese mismo jueves 14. En el delirio nombraba a España y recordaba su cuarto del hotel Richelieu de los años veinte. Hablaba de irse al Palais-Royal. Llamaba a su amigo Juan Larrea. El día 15 a las cinco de la mañana clamó por su madre. Y repetía cosas como: “Me voy a España” o “¡Allí… pronto… navajas…!”, o pronunciaba con dificultad otros sonidos y levantaba la mano izquierda.

Daban las 9:20 de una mañana luminosa. Los únicos testigos fueron Georgette Phillipart, Ángel Custodio Oyarzún y Juan Larrea. Gonzalo More llegó un poco más tarde.

Como era Viernes Santo debieron esperar hasta el martes 19 para enterrarlo. En ese lapso estuvo en otro cuarto de la clínica. Entre tanto, a iniciativa de More, le hicieron una máscara mortuoria y lo fotografiaron.

La legación de Perú corrió con todos los gastos del entierro y la Asociación de Escritores organizó la despedida en la Maison de la Culture. Sólo los diarios de izquierda anunciaron su muerte. Relacionándolo con el momento político español, Larrea nos contaba que su entierro en el cementerio de Montrouge se celebró con el aparato excepcional de un héroe de primer rango que hubiera perecido en el frente de batalla, es decir, en la muerte y por una mañana Vallejo vivió todo lo que le fue negado por 46 años. Yo pensé para mí que otros desdichados insignes no conocieron a menudo ni eso.

Al entierro asistieron, entre otros, poetas, escritores y artistas, como Tristán Tzara, Louis Aragon, Rosa Chacel, Nicolás Guillén, Bloch, Miró. En nombre de la Asociación de Escritores, Aragon pronunció el discurso fúnebre ante la tumba. Hablaron después el secretario de la embajada de España en Francia y Gonzalo More. En las reuniones Montparnassianas de La Rotonde, More nos explicó por qué tuvo que hablar: “Primero, por poner en su lugar la posición de César y hacer constar que había vivido y muerto como un revolucionario; segundo, porque el Partido Comunista Francés lo creyó necesario”.

La mañana de ese martes 19 de abril era terriblemente húmeda y fría y caía una llovizna pertinaz. “Cómo cala los huesos”, se oía decir al poeta cubano Nicolás Guillén. El colmo: a Vallejo se le enterró junto a su suegra, con quien se odiaba.

Vuelvo a pasar frente a la clínica e imagino, con el dolor y tristeza, lo que fue la punción, la agonía, la muerte, los días de espera y la apagada mañana del sepelio. Y mientras enfilo hacia la plaza Denfert Rocherau para tomar el metro oigo dentro de mí:

¡Jamás hombres humanos,

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

Jamás tanto cariño doloroso,

jamás tan cerca arremetió lo lejos,

jamás el fuego nunca

jugó mejor su rol de frío muerto.

11

Entro al cementerio de Montparnasse donde yace el poeta. Vuelvo como otras veces. Pese a la clara tarde el frío de noviembre casi paraliza. Los prados del panteón están cubiertos de rocío helado. Como otras veces, miro flores sobre la tumba. En la lápida hay una inscripción: CÉSAR VALLEJO, QUIEN QUISO REPOSAR EN ESTE CEMENTERIO. Y más abajo, un mensaje póstumo de la viuda: J’ AI TANT NEIGÉ POUR QUE TU DORMES, “He nevado tanto para que duermas”. Superpuesta en la lápida hay una placa con un verso que generaciones de hombres han repetido: YO NACÍ UN DÍA QUE DIOS ESTUVO ENFERMO. Vallejo yace ahora acompañado de su “muerte querida” y duerme “mano a mano con su sombra”.

Miro la tumba de Vallejo y me nace un grave sentimiento de tristeza al imaginar una vida de dolor y de orfandad. Vallejo era serio y puro, decía Neruda. Él representaba emblemáticamente el alma mestiza latinoamericana que prefiere la marginación dolorosa a la humillación de la servidumbre.

Un sol ominoso y pálido surge en el cielo. Largas hileras de apretadas nubes, que anuncian un invierno duro y agresivo se alinean en el escaso azul. Miro los ramajes deshojados de las abietáceas entre la muchedumbre de tumbas. La tarde se ha puesto su mejor traje de colores desvaídos.

En voz baja digo el poema “Ello es el lugar donde me pongo el pantalón”, que suele colocarse al final de Poemas humanos. Es una pieza singularmente dolorosa entre tantos poemas dolorosos:

… del mismo modo, sufro con gran cuidado,

a fin de no gritar o de llorar, ya que los ojos

poseen, independientemente de uno, sus pobrezas,

quiero decir, su oficio, algo

que resbala del alma y cae al alma.

Vuelvo a ver la lápida y a leer las inscripciones. Me parece que yo sólo dejaría una línea: “CÉSAR VALLEJO, POETA PERUANO, QUE SUFRIÓ AQUÍ”. O sea, que sufrió en París y en el mundo. O sea, un Cristo que sufrió en París y en el mundo. Y oírlo hablar mientras me alejo:

… que no hay nadie en mi tumba

y me han confundido con mi llanto.

¿Pero qué vino a hacer aquí?

Fuente:http://circulodepoesia.com/nueva/2011/01/galeria-de-ensayo-mexicano-cesar-vallejo-en-paris-y-en-madrid-de-marco-antonio-campos/

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miércoles, 14 de marzo de 2012

Las 16 novelas policiacas que deberías leer urgentemente

Son 16 los mejores libros de la narrativa policiaca, según lista elaborada por Fernando Savater para Babelia del diario El País (España).
Los crímenes de la calle Morgue
Edgar Allan Poe
Suele decirse que la vida de Edgar Allan Poe fue desventurada, por la pobreza, el alcohol y su neurosis. Pero eso es mirar las cosas desde fuera: nunca sabremos la dicha envidiable que le procuró escribir El escarabajo de oro o El extraño caso de Mr. Valdemar. Lo indudable es que inventó el género detectivesco: el perspicaz diletante Auguste Dupin y su fiel cronista prefiguran ya a Holmes y Watson, Poirot y Hastings, Philo Vance y Van Dine… En esta novela corta aparecen el criminal imposible, el desconcierto de los testigos y un ambiente fantasmagórico, inolvidable. La Rue Morgue no está en París, pero el París finisecular está en esa sombría callejuela literaria. Un corresponsal francés preguntó a Lovecraft cuándo había viajado al París que ambientaba uno de sus cuentos y HPL repuso: "With Poe, in a dream”.



La piedra lunar
Wilkie Collins
Borges aseguró que ésta es "la novela policial más larga que se ha escrito y probablemente la mejor". Sin duda no es ya la más larga, dada la desventurada manía actual de estirar las tramas para ofrecer frescos sociales de toda Suecia o de la Rusia zarista, pero sigue siendo de las mejores. Wilkie Collins, amigo y competidor de Dickens (cuya última novela, inacabada, también es un enigma: El misterio de Edwin Drood), utiliza magistralmente los recursos del folletín para narrar el robo de un diamante fabuloso y maldito. No faltan indios misteriosos, amores angustiados, fumaderos de opio, crímenes, suicidios... ni el primer mayordomo del género, el simpático Betteredge. El gran detective, el sargento Cuff, fracasa en su primer intento de resolver el embrollo y se ausenta del relato para reaparecer al final con la explicación genial...


El sabueso de Baskerville
Arthur Conan Doyle
Quizá en toda la literatura moderna no haya pareja más eternamente reconocible que Sherlock Holmes y Watson. Un siglo después de su primera aparición, siguen protagonizando aventuras que imitan a las originales o les hacen viajar por el mundo y por el tiempo, hasta por el espacio intergaláctico... A diferencia de nosotros, sus lectores, ellos sólo conocen la muerte seguida de inmediata resurrección. De hecho, esta novela fue escrita por Conan Doyle tras su primer intento frustrado de liquidar al héroe. Una vez leída, ya nunca olvidamos el páramo de Dartmoor, con sus traidoras arenas movedizas, ni el aullido nocturno del perro espectral. La emoción, la intriga, el peligro y la deducción se combinan en el relato de tal modo que podemos concederle sin exagerar la inusual categoría de perfecto.

El misterio del cuarto amarillo
Gaston Leroux
Un poco al modo de Ramón del Valle-Inclán, Gaston Leroux reflejó el mundo en los espejos deformantes de su personal callejón del Gato... Sus novelas presentan situaciones desaforadas, truculentas o macabras, por lo general barnizadas con un especialísimo humor. Y a veces con rara fuerza poética, como su admirable El fantasma de la ópera, una obra maestra de la que la mayoría sólo conoce versiones cinematográficas o musicales. Creó el personaje de Rouletabille, un periodista que viaja por países y enigmas como una especie de Tintín adulto. Precisamente su primera aventura es este libro, que también inaugura un subgénero ilustre: el crimen aparentemente imposible en una habitación cerrada. La continuación de este misterio fue El perfume de la dama enlutada, inferior en todo a la primera parte salvo en el título.


Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Maurice Leblanc
El éxito popular de Holmes exigía inevitablemente la aparición de héroes delincuentes de rango semejante. El propio Conan Doyle inventó al profesor Moriarty, genio del mal cuya diabólica destreza a punto está de liquidar al hombre de Baker Street. Otros autores patentan protagonistas "buenos", aunque persigan la justicia desde fuera de la ley. Por ejemplo Raffles, un ladrón no carente de código del honor creado por el mismísimo cuñado de Conan Doyle. En los años cincuenta del siglo pasado aparece el Barón, otro ladrón de joyas -fruto de la imaginación de Anthony Morton- que siempre se enfrenta con criminales peores que él. Entre todos destaca el caballero Auguste Dupin, seductor y defensor de los débiles, elegante, cosmopolita... muy francés. Y que logra cantarle las cuarenta al bárbaro anglosajón.

El candor del Padre Brown
G. K. Chesterton
Las novelas de misterio suelen tener dos modelos de protagonista: el detective amateur (sofisticado, extravagante, genialoide) y el inspector de policía (tenaz, metódico, de apariencia gris, incorruptible). En ninguno de los dos encaja el Padre Brown, un curita humilde, bonachón y con algo de retranca. Todo crimen es, claro, un delito pero también un desafío moral: un pecado. El Padre Brown se plantea ante todo tal desafío y resuelve los casos gracias a su experiencia humana de confesionario, aliada a una enorme perspicacia. Todos los enigmas que afronta son paradójicos y rebosan imaginación humorística, porque tales son las características de su incomparable autor, el entrañable británico G. K. (iniciales de Gilber Keith) Chesterton al que veneran los creyentes y adoramos los paganos...

El asesinato de Rogelio Ackroyd
Agatha Christie
Esta página de novelas de misterio excelentes podría haberse completado sin desdoro sólo con las de la tía Agatha, porque al menos un tercio de las que escribió merecen figurar aquí.
Christie dominó como nadie el arte de introducir el mal en lo cotidiano y borrar las pistas: uno de sus trucos favoritos fue que el criminal resultara a fin de cuentas el primer sospechoso, al que el lector resabiado descarta de entrada.
A diferencia de otras autoras del género, Agatha Christie no se enamoró de su pluscuamperfecto Hercules Poirot y siempre le dedicó una mirada irónica y a veces algo cruel.
En El asesinato de Rogelio Ackroyd, la británica se superó a sí misma y de paso desconcertó a los teóricos de la voz narrativa.

Los nueve sastres
Dorothy L. Sayer
El género de misterio es el favorito de las damas: además de Agatha Christie, lo han cultivado muy bien Ngaio Marsh, Margery Allingham, P. D. James, Ruth Rendell, Ellis Peters o Patricia Highsmith, entre muchas. Pero quizá ninguna mejor que Dorothy L. Sayers, cuyas tramas no sólo son ingeniosas sino inusualmente verosímiles.
Dorothy L. Sayers fue una escritora fina y cultivada (tradujo a Dante), capaz de crear ambientes y personajes realmente creíbles, de lo que es buen ejemplo Los nueve sastres, esta intriga memorable de campanario. Pero ella, ay, sí que se enamoró de su protagonista, el aristócrata lord Peter Wimsey, que suele resultarle al lector menos irresistible que inaguantable por exceso de sangre azul.


El tribunal de fuego
John Dickson Carr
John Dickson Carr, el más inglés de los autores de misterio, nació, lógicamente, en Pensilvania (para compensar, el más americano de los escritores de novela negra, James Hadley Chase, nació y vivió siempre en Londres). Sus novelas, casi todas teñidas de humor, se centran sobre casos aparentemente imposibles: cuartos cerrados o inaccesibles, armas inencontrables...
Una de ellas presenta un crimen con múltiples testigos y hasta filmado por una cámara, pero no menos insoluble. Alternó dos protagonistas: el doctor Gideon Fell, álter ego de Chesterton, y sir Henry Merrivale, sosias de Churchill. A veces juega con apariencias sobrenaturales, como en este relato, El tribunal de fuego, que tiene dos soluciones, una racional y otra mágica.


El monasterio encantado
Robert van Gulik
A partir del éxito de El nombre de la rosa ha proliferado de modo inaguantable la novela de misterio cum novela histórica: hoy padecemos detectives romanos, griegos, egipcios, medievales, barrocos, románticos, etcétera... Nada tienen que ver con esa moda los relatos del juez Ti (siglo VII después de Cristo en China), obra del antropólogo holandés Van Gulik (célebre por Historia de la sexualidad en la Antigua China, cuyos pasajes escabrosos estaban transcritos en latín). No sólo están bien ambientados en el pasado oriental que su autor conocía como nadie, sino que son tramas intrigantes y divertidísimas a la altura de lo mejor del género. Ni una de las novelas de Van Gulik es mediocre o decepcionante pero elijo El monasterio encantado porque en ella sale además un oso feroz, recompensa colateral muy de mi gusto.


El caso Saint-Fiacre
Georges Simenon
La Academia Sueca perdió el pasado siglo una oportunidad dorada de ser justa y hacerse popular juntamente al no conceder el Nobel al belga George Simenon. Quizá escribió novelas malas pero yo, que he leído tantas suyas, nunca tropecé con ellas. Su comisario Maigret es un arquetipo: los inspectores del género nacen a su imagen y semejanza, como los detectives a la de Sherlock Holmes. Pesado, serio, pesimista, tragón y gruñón, Maigret no es un personaje sino una persona. Sus casos son naturalistas y a menudo sórdidos, pero literariamente irresistibles: nadie menos luminoso que él y sin embargo da a luz una forma ambigua de justicia. Los criminales quieren engañar a la sociedad, la tarea de Maigret es desengañarnos aunque nunca nos deje tranquilos.


El hombre demolido
Alfred Bester
El género policiaco o de misterio se ha revelado como el más portátil de todos: arraiga en los suelos geográfica o históricamente más diversos. Lo difícil es que el decorado no termine prevaleciendo sobre la intriga.
También ha encontrado albergue ocasional en la ciencia ficción y no sin aciertos indudables, como Una investigación filosófica, del escocés Philip Kerr. Pero el clásico indudable del subgénero sigue siendo esta novela de Alfred Bester, El hombre demolido, escrita en los años cincuenta del siglo pasado (lo que nos permite medir al leerla lo ayer imaginable e inimaginable de nuestro presente).
Además de la originalidad de su intriga y de su estilo, El hombre demolido contiene un imprevisto alegato final contra la pena de muerte.

El percherón mortal
John Franklin Bardin
Descubrí El percherón mortal, esta novela magistral, como tantas otras cosas buenas, gracias a Guillermo Cabrera Infante. Si el adjetivo "alucinante" puede aplicarse con razón a algún relato es a éste. Aquí se codean las apariencias sobrenaturales con la amenaza de la locura, cuya naturaleza apenas conocemos. Sólo puedo decir que no se parece a ninguna otra obra del género y que Edgard Allan Poe o Robert Louis Stevenson la hubieran firmado gustosos.
El estadounidense John Franklin Bardin escribió otras novelas más o menos policiales, siempre interesantes y todas impregnadas por el temor a la demencia que le obsesionaba pero ninguna a la altura de la pesadilla del temible percherón.

El nombre de la rosa
Umberto Eco
En principio, la idea de un reputado semiótico metido a novelista de misterio es más bien alarmante: pero Umberto Eco salió con bien de este insólito reto, lo que ya no puede asegurarse -a mi juicio- del resto de sus incursiones en el campo de la ficción.
La combinación de erudición, teología y humor del escritor italiano funciona aquí perfectamente al servicio de una intriga que no falla ante las exigencias del género.
Lo único que cabe deplorar es que el enorme éxito de su popular novela El nombre de la rosa incitase a cientos de imitaciones seudohistóricas que pocas veces -las obras de fray Cadfael de Ellis Peters son una de las excepciones- merecen ni de pasada comparación con ella.


Huye rápido, vete lejos
Fred Vargas
(Probablemente Fred Vargas (Frédérique Audouin-Rouzeau))
es considerada una escritora menor por los mismos que toman monumentos de aerofagia tipo Las benévolas de Jonathan Littell por gran literatura. Yo, en cambio, la tengo por una de las mejores novelistas francesas del momento, en cualquier género y categoría.
Sus misterios están llenos de inventiva, de observación, de ironía, de personajes memorables y de fantasía truculenta a lo Gaston Leroux. Y su inspector Adamsberg es un tipo con el que nadie sensato desdeñaría tomar un trago cualquier tarde. Huye rápido, vete lejos, además, presenta un retrato urbano que logra hacer con París lo que Woody Allen suele conseguir de Manhattan, lo cual no es poco.


Corpus delicti
Andreu Martín
Aunque gran parte de las novelas que hoy se escriben en España no logran prescindir de los templarios o la Guerra Civil en sus argumentos, algunos audaces intentan y consiguen aceptables novelas de misterio: Manuel Vázquez Montalbán, Alicia Giménez Bartlett, Juan Madrid o José María Guelbenzu.
Mi preferido es Andreu Martín, autor prolífico que no ha desdeñado también cultivar -solo o en compañía de otros, como dicen los atestados judiciales- el relato para jóvenes. Corpus delicti es mi preferido de los suyos: el retrato espléndido y muy documentadamente veraz de un asesino en serie inglés visto "desde dentro", con matices crueles que no desdeñaría la Highsmith y un cierto regusto de los villanos empecinados pero llenos de angustia de Shakespeare

Fuente: http://elpais.com/diario/2008/01/05/babelia/1199494217_850215.html
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